Cada 24 de junio, el Perú rinde homenaje a sus raíces más profundas: el campo, la tierra y quienes la trabajan. Es el Día del Campesino, una fecha que celebra a millones de peruanos y peruanas que, a pesar de la precariedad y olvido, sostienen la seguridad alimentaria del país y resguardan saberes ancestrales que constituyen la identidad nacional.
Hoy, más que una celebración simbólica, es una oportunidad para reflexionar sobre el rol fundamental del campesinado en la economía, la cultura y el futuro del Perú, así como para visibilizar la deuda histórica del Estado con este sector.
¿Por qué se celebra el Día del Campesino el 24 de junio?
La fecha no es casual: coincide con el Inti Raymi, la ancestral fiesta del sol quechua, una ceremonia incaica que agradecía a la Pachamama por las cosechas y el ciclo agrícola. El Estado peruano reconoció oficialmente esta jornada en 1930 como “Día del Indio”, bajo el gobierno de Augusto B. Leguía, en un intento por visibilizar a los pueblos originarios. No obstante, el término fue sustituido por “campesino” tras la Reforma Agraria impulsada por el gobierno de Juan Velasco Alvarado en 1969, como un gesto de dignificación.
Desde entonces, el 24 de junio se convirtió en una fecha oficial para exaltar el papel social y económico del campesinado en el Perú.
Cifras en rojo
Más del 30% de la población económicamente activa (PEA) del país trabaja en el agro. El 97% de la producción de alimentos que se consumen en el Perú proviene de pequeños productores agropecuarios.
A pesar de ello, más del 70% de los campesinos trabajan en condiciones de informalidad, sin acceso a seguridad social ni financiamiento técnico adecuado.
En regiones como La Libertad, el campesinado es el alma de la sierra y valles costeros. En zonas como Otuzco, Julcán, Pataz y Bolívar, comunidades enteras se organizan alrededor del calendario agrícola, preservando cultivos de papa nativa, maíz, trigo, oca y cebada, así como prácticas de rotación de cultivos y faenas colectivas que evocan la minka y el ayni.
Pese a su importancia, los agricultores de estas zonas enfrentan serios problemas estructurales, como el acceso limitado a mercados, caminos en mal estado, falta de acceso a tecnologías sostenibles, inseguridad por bandas criminales y los impactos del cambio climático.
Ser campesino en el Perú no es solo sembrar y cosechar. Es custodiar semillas ancestrales, preservar técnicas agrícolas prehispánicas, alimentar a millones y resistir políticas agrarias inestables. En cada surco, en cada jornada de sol y de lluvia, está la historia de un país que no puede entenderse sin su campo.

