«Es más divertido hundirlo»: nuestra anomia social/ Por Alfredo Alegría

Escribe: Alfredo Alegría Alegría

En una reunión ante congresistas republicanos, el inefable Donald Trump, comentó sobre el hundimiento de buques de la marina de Irán por un submarino estadounidense. Preguntó a los militares “¿Por qué no capturaron los barcos? Podríamos usarlos. ¿Por qué los hundimos?». Le respondieron: «Es más divertido hundirlos». Trump celebró la eficacia de la operación. Contó la historia de modo coloquial y humorístico, obteniendo risas y aplausos de la audiencia. ¿Quién es peor? ¿Trump o sus oyentes? Muy propio para este mundo en llamas, donde a quienes tienen el poder les parece divertido matar. La guerra es un hoy un espectáculo de masas que se ofrece al pueblo como a los romanos les daban los gladiadores. La guerra es así. Parece que odiar entre risas es reconfortante. A fin de cuentas, EEUU son los “buenos”.

Pero centrémonos en nuestro país. Desde el poder -que es el Congreso y luego estará en el Senado- hay “políticos” que creen que al país es “divertido hundirlo”. Se llenan de palabras con el discurso de «lucha contra la corrupción», pero en sus listas electorales colocan personajes con procesos abiertos. Normal. Aquí no existen partidos políticos reales, solo alianzas de conveniencia para repartirse cuotas de poder. Fuera de esa burbuja congresal, en redes sociales se premia el grito y la polarización. No puede pensarse sino en negro o blanco. En caso contrario, las personas que opinan son destruidas en las redes. Miente, miente que algo queda, parece ser el lema de unos y de otros. De los que son y de los que se hacen, como decía Abelardo Gamarra.

Ya no sabemos qué hacer cuando vemos a tantos en el poder -tanto político como delincuencial- que se divierten hundiendo el barco que se llama Perú. Lo aquí se conoce como política es hoy un mal espectáculo de farándula y el Congreso, una sucursal de las economías ilegales. Entre tanto, el pueblo no sabe que el poder estará en el Senado, antes que en el presidente. El actual es solo otro títere. Parece que al Perú resulta “divertido hundirlo”. Y esto no va solo para los que tienen el poder, sino que la ciudadanía misma se autodestruye.

El caso de Adrián Villar y la obstrucción evidente a la justicia es una evidencia de la anomia social del país, su destrucción moral. Para estos jóvenes y sus mayores, la búsqueda de impunidad sin importar el delito cometido no es una anomalía: es la confirmación de la regla. Han crecido viendo que los mayores obstruyen la justicia como un trámite normal. Han interiorizado que la ética es un estorbo. El cinismo es una forma de defensa. Muchos responden con el nihilismo -el rechazo a todo- o se refugian en las redes. Se suponía que la nueva generación entendería que la política no es un negocio, sino un servicio técnico y ético. Pero ellos, los nacidos entre 1997 y 2000 -la generación Z- que va a votar, solo conoce de mentira y traición.

Desoladoras palabras que necesitan de esperanza. Es una esperanza trágica la del peruano de a pie, trabajador, que no solo sufre a los gobiernos, a los políticos y a la criminalidad, sino a los desastres naturales. El peruano que vive al día es como Sísifo, el personaje mitológico castigado a empujar una roca hasta una cima. Al llegar a ella, la roca se caía y Sísifo debía volver a llevarla hacia arriba. Esa es la historia del Perú. El hombre peruano trabajador supervive gracias a una profunda resiliencia aprendida: no puede hacer otra cosa sino resistir. ¿Cómo llegar a un cambio? ¿Un borrón y cuenta nueva radical, detendría la corrupción? Porque también llevaría a justificar cualquier medio, como sucede en el Congreso, aunque hay todavía allí algunos honrados.

Tenemos que asumir la responsabilidad de creer en la ilusión de patria, incluso sabiendo que el sistema intentará derribarla mañana. Me remito entonces a la historia del mago de Oz. En ella, Dorothy es una niña que cree que hay un mundo bello “más allá del arco iris”. Ella cae herida y sueña. Debe volver al hogar y derrotar a una bruja malvada. Para lograrlo, necesita hallar al Mago de Oz e ir por un camino amarillo hacia la mágica ciudad Esmeralda. Llega a la ciudad, pero descubre que el mago era un estafador, que dominaba al pueblo forjando ilusiones con la tecnología. Es precisamente lo que hoy sucede.

Nos gusta que se nos adule y que se nos engañe y sabemos que la “ciudad Esmeralda”, es el país ideal que nos ofrecen. Y también sabemos que esta “ciudad ideal” es solo una fachada de cartón piedra. Y lo aceptamos a sabiendas. El Mago de Oz -o los que tienen el poder- dominan detrás de una cortina de redes sociales y leyes con nombre propio. En el Perú, no hay un «camino amarillo» para encontrar un progreso compartido; lo que hay es un contexto social irracional, donde una especie de fervor ciego y corrupto canibaliza las instituciones.

En la obra “Llama un inspector”, de J.B.Priestley, un supuesto inspector llega a una reunión de alta sociedad a investigar la muerte de una joven. Todos son culpables de una forma u otra y se echan la culpa entre sí. Pero el “inspector” era una ilusión. Entonces, se alegran porque ya no habrá escándalo. Solo uno de los personajes les llama la atención: es el enfrentamiento del sentido ético a una sociedad, solo preocupada por las apariencias. Tal es el caso de Adrián Villar. ¿Hubo un «pacto de silencio» entre los involucrados y la autoridad? Porque fue el hermano de la víctima -no el Estado- quien hizo de detective, encontró los videos y se ayudó de los medios para presionar a las autoridades. Vivimos así en un sistema donde parece que una norma es la impunidad compartida. Así pues, sigamos porque tantos piensan que al Perú es divertido hundirlo.

Gráfica: “Convergencia”- Jackson Pollock- 1952. Irónico título de un mundo en caos

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