“La fiesta del chivo” en escena/ Domingo Varas Loli

ESCRIBE: Domingo Varas Loli (*)

El público del Teatro Infanta Isabel de Madrid (España) se ha rendido con rotundos y sostenidos aplausos ante la puesta en escena de “La fiesta del chivo”, la novela de Mario Vargas Llosa que narra los estragos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo durante más de tres décadas en la República Dominicana.

La adaptación teatral dirigida por Carlos Saura (1932), curtido cineasta español que ha dirigido 48 filmes, entre ellos “Cría cuervos” o “Deprisa, deprisa”, atrapa de principio a fin la atención de los espectadores que han abarrotado este teatro ubicado en el bohemio y cosmopolita barrio de Chueca en el centro de Madrid. El elenco de actores tuvo que salir hasta el proscenio una media docena de veces para agradecer las salvas de aplausos.

Pocas veces he visto una reacción unánime tan entusiasta del público. El desafío de adaptar al teatro una de las obras mayores del Premio Nobel no era de poca monta. Desde la génesis del proyecto Saura acertó eligiendo el libreto de Natalio Grueso que acota la densa urdimbre narrativa de la novela y opta por desarrollar una de las líneas argumentales de la obra de Vargas Llosa, consciente de que en el teatro resulta muy complicado (y hasta imposible) abordar una historia de largo aliento desde sus múltiples perspectivas.

Por ello, entre las miles de historias que sobrecogen por su nivel de vileza,  la versión teatral de La fiesta del chico se concentra en la historia de Urania Cabral, una víctima de la sanguinaria dictadura de Trujillo que vuelve a República Dominicana tras treinta y cinco años de exilio forzado en los Estados Unidos, a donde huyó después de ser violada por el dictador con el asentimiento de su propio padre, uno de los miembros del entorno palaciego que había caído en desgracia y para recobrar la confianza decidió ofrendar a su hija a la voracidad libidinosa del chivo.

En otra secuencia de escenas que alternan con la historia de Urania se presenta al dictador en medio de la soledad del poder, desconcertado ante la inminente caída de su régimen. En la intimidad del palacio de gobierno se le ve escoltado por su claque más íntima, el entorno de áulicos que lo arrullan con cantos de sirena mientras se lleva a cabo el complot para asesinarlo.

La austera escenografía (un sillón y una silla) y las imágenes y videos emitidos por un retroproyector que mudan de escena en escena bastan y sobran para crear el clima necesario. La imaginación del director para resolver las mudanzas de escenas sin distraer la atención del espectador y la banda sonora es otro de los elementos que contribuyen al éxito de la adaptación teatral.

El peso de la obra recae en la actuación de los actores. Todos brillan con luz propia y logran dar vida a personajes tan complejos por su tortuosa personalidad como Urania Cabral, Johny Abbes, Joaquín Balaguer y “cerebrito Cabral”. Mención aparte merece la actuación de Juan Echanove que interpreta a Rafael Leónidas Trujillo. Sin duda, la experiencia y el talento de este actor irradian de verosimilitud  a la obra y le atribuyen su poderío dramático. Lejos de la fanfarria y los oropeles, alejado de los fáusticos centros de poder, Echanove lo encarna con inigualable fuerza histriónica en la intimidad de palacio de gobierno o en medio de francachelas con su entorno más íntimo. Echanove actúa con naturalidad, sin caer en ningún disfuerzo. Haber encarnado en el cine al generalísimo Francisco Franco ha jugado a su favor, por lo que su performance logra seducir al espectador.

El hombre orquesta de la adaptación teatral de La fiesta del chivo es Carlos Saura, quien además de dirigirla se encargó de la escenografía y el vestuario de la obra. A sus 88 años, Saura hace gala de una fresca energía creativa y mientras que otros artistas se refugian en sus cuarteles de invierno él explora en otros formatos artísticos y se reinventa a sí mismo. Su relación con el teatro data del año 2013 cuando dirigió el Gran teatro del mundo de Calderón de la Barca y en el 2018 El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Conocido como el padre del cine de autor en España, Saura es un director con un estilo peculiar porque respeta el talento natural de sus actores, otorgándoles un amplio margen de libertad, por lo que trata de inmiscuirse lo menos posible en la interpretación dramática.

Aunque algunos críticos han señalado que el montaje adolece de pequeños defectos, el grupo Okapi logra durante noventa minutos conmover al espectadoror y mantener en vilo su atención hasta el clímax en la secuencia final cuando Urania Cabral es violada por el dictador. En esta escena Carlos Saura se las juega por completo al decidir que la violación no fuera una elipsis o un dato escondido, sino que se la representara en escena. La estupenda actuación de Echanove y Lucía Quintana logran transmitir la alta carga emotiva. Un breve monólogo de Urania sirve de epílogo de la obra.

Al salir del teatro la sensación que nos acompaña a los que hemos leído la novela y ahora visto la puesta en escena es que ambas contienen la misma interpelación moral y una llamada de atención sobre los niveles de villanía a los que suele conducir una dictadura que deja heridas difíciles de cicatrizar y afrentas a la condición humana que no se deben olvidar. 

(*) Domingo Varas Loli es periodista, escritor y docente universitario.

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