El hallazgo de dos celulares en la celda 19 del pabellón 6 del penal El Milagro vuelve a encender las alarmas sobre las fallas estructurales y de control al interior del sistema penitenciario peruano. Esta vez, los equipos fueron encontrados en lugares insólitos: uno escondido en un forado en la pared y otro bajo el colchón de un interno. Nada nuevo, salvo por el detalle de que el ingreso de objetos prohibidos continúa siendo una práctica aparentemente cotidiana dentro del penal más peligroso del norte del país.
Este hallazgo, ocurrido esta semana, confirma las denuncias constantes sobre la facilidad con la que ingresan celulares, chips y otros dispositivos, que luego son utilizados para coordinar extorsiones, sicariatos y otros delitos graves que se ejecutan desde la prisión hacia el exterior.
Fuentes del Instituto Nacional Penitenciario (INPE) confirmaron la intervención, pero no han revelado mayores sanciones ni acciones concretas posteriores al hallazgo. Este silencio institucional solo refuerza la percepción de impunidad.
El penal El Milagro, ubicado en el distrito de Huanchaco, no solo alberga a internos de alta peligrosidad, sino que desde hace años ha sido identificado como un centro de operaciones del crimen organizado. Las bandas criminales que operan en Trujillo —incluidas “La Jauría” y “Los Pulpos”— suelen coordinar desde estas celdas chantajes, amenazas y hasta asesinatos por encargo. Muchos de los extorsionadores detenidos recientemente han confesado que recibían órdenes desde este penal.
Más allá de los hallazgos, lo preocupante es que las requisas se han vuelto ineficaces. Los “forados” en las paredes, las rendijas en los colchones, las entregas ocultas en las visitas: todas son vías conocidas y repetidas. Sin embargo, el INPE no logra —o no quiere— cerrar esos canales. ¿Falta de capacidad? ¿Complicidad interna?
En lo que va del 2025, este no es el primer incidente de este tipo. Durante el primer trimestre del año, se decomisaron al menos 14 teléfonos móviles dentro del penal. Pero el problema no radica solo en la cantidad, sino en la función estructural que tienen estos dispositivos dentro del sistema criminal. Cada celular decomisado representa, potencialmente, una amenaza frustrada. Pero por cada celular encontrado, ¿cuántos siguen funcionando desde las sombras?

