El cadáver de Abimael…

Por Gustavo Benites Jara

(escritor y docente universitario)

No saben qué hacer con el cadáver de Abimael. Toda la prensa mercenaria clama al cielo para que el despojo sea cremado y esparcidas sus cenizas en el mar de Grau. Pero, ¿no se manchará el mar de nuestro héroe? ¿Tal vez arrojar las cenizas a los ríos? ¿Y no responderán embravecidos los anchurosos torrentes que cobijaron a Javier Heraud? Quizá esparcirlas en el Titicaca, aguas que fueron de Manco Cápac y de Mama Ocllo, ¿pero no saltarán ofendidas y con ella los hermanos bolivianos?

Mientras tanto, el cadáver, ay, seguirá muriendo.

Y la cavernaria derecha, con algunos pudorosos izquierdistas, en tanto, se suman al coro centenario de los explotadores de siempre, para quienes arrojar las cenizas de Abimael al mar o al viento o a los ríos o a los lagos o a los volcanes, es superar la horrenda pesadilla que vivimos, pero que siempre, ay, se mete en los sueños de los inmaculados constructores de la patria.

¿A nadie se le habrá ocurrido esparcir las cenizas terroristas por el infinito o ilimitado espacio que cobija a la luna y a las fulgentes enanas blancas? ¿O arrojar esos despojos polvorientos a los abisales agujeros negros que nos miran y nos esperan con codicia? Así, tal vez, la sombra, la memoria, la pesadilla, el averno que significa el muerto senderista ya no pueda volver a plagar de insomnio el seráfico sueño de los mayores hipócritas que ha conocido nuestra historia.

Pero, el cadáver, ay, seguirá muriendo, mientras desde el puquio de la desesperanza sigan bebiendo los abandonados, que hoy esperan sean colmadas sus ilusiones; de lo contrario, irá creciendo, una vez más, un sordo descontento, una incontrolable marejada, que ningún espacio alcanzará para cobijar las cenizas de todos los amarus que serán sacrificados mientras busquen sembrar la justicia en nuestro fértil territorio.

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Causa Justa

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