Por Yuri Castro
Cada ley que aprueban huele a pacto de alcantarilla. Al Capone les sonríe desde su tumba. Pablo Escobar les lanza un guiño. Se amparan en el fuero, no en la ética. Derogan normas anticorrupción, reducen penas para sus amigos, bloquean investigaciones, atacan a fiscales y se traen abajo a todo aquel que se les cruce en el camino.
El Congreso no legisla: negocia, escupe y dispara. Cada voto tiene precio, billetes bajo la mesa; cada alianza, una deuda; cada comisión, un botín. Mientras tanto, en las calles, la extorsión es ley; en los despachos, el silencio es cómplice.
Los congresistas hablan de patria, pero son padrastros. Aprueban leyes que desmantelan la justicia. Juraron servir, pero se sirven. Los mismos que acusan al crimen, legislan para su beneficio. Política y crimen son dos caras de una misma moneda. Una simbiosis mortal. En la calle, el delincuente extorsiona con un arma; en el Congreso, lo hacen con un voto. Nos quieren acostumbrar al abuso, a normalizar la corrupción, a aceptar que el poder es impune. ¿Nos conformamos con eso? No. La indignación también es una forma de resistencia; el silencio, complicidad.
El crimen organizado no solo opera con pistolas. También lo hace con corbatas, curules y leyes. El Congreso es la sucursal del infierno que enciende la mecha de la pólvora que detona en las calles. Y mientras ellos blindan su futuro, el nuestro se derrumba a dinamitazos.

