POR ALFREDO ALEGRÍA ALEGRÍA (Crítico de arte)
Se ha reabierto el Museo de Arte Moderno de Trujillo, que el gran artista Gerardo Chávez entregó a la ciudad en 2006. Es el primer museo de arte moderno del país pues el MAC de Lima es de 2013. En 2017, el museo de Trujillo cerró sus puertas, pero este noviembre -tal un regalo adelantado de Navidad- ha retornado.
Un aspecto muy interesante, es su arquitectura. El arquitecto Guillermo “Chemo” Morales estuvo a cargo de ella, en base a la dirección del artista. Salas de diversa altura, rodeado de jardines y una iluminación especial. Iluminación dada por la organización eléctrica interna, grandes ventanales y el color blanco. Lo rodea un amplio espacio verde y tiene espacios adyacentes: el taller del artista, uno para arte religioso y una colección de piezas arqueológicas.
Las obras han sido reordenadas por su hijo Gerardo Amador, especialista en curaduría. Quienes visitamos el museo original, nos encontramos que ha sido reorganizado. Algunas obras no están presentes, como una escultura de Giacometti y un cuadro de Klee, entre otras. La idea es ir rotándolas paulatinamente, como explicó Gerardo Amador. Al recorrerlo, sentí que el museo se planteaba como un espacio de acompañamiento de grandes artistas contemporáneos, instalaciones y proyectos que convergen a la sala monumental dedicada a Gerardo Chávez.
Ingresamos a un espacio para cuadros del hermano del artista, Ángel Chávez, un representante principal de la pintura peruana de la segunda mitad del siglo pasado. Todos, de un fuerte expresionismo. Se lamentan o acusan en violentas distorsiones. Priman ocres y rojos. Relaciono un desnudo femenino echado con la Madre Tierra; veo una abrumada mujer en rojo, sentada y sola. Otro gran cuadro nos dice, nos habla de rebeldía.
En la sala de colección vemos, en esta reapertura, algunas obras representativas: Cuadros de Daniel Hernández y Francisco Masías, ambos de la “pintura académica” nacional, Del “indigenismo”, un retrato de mujer por José Sabogal y un rostro estilizado de campesino con chullo, por Julia Codesido. Luego, una “selva” de Macedonio de la Torre, en sus características vorágines de pinceladas. Un cuadro de Sabino Springett muestra seres silentes y tristes. Encontramos a nuestra trágica Tilsa Tsuchiya. El dibujo de un rostro por Víctor Humareda. Impacta la delicadeza de una escultura en desnudo de Marina Nuñez del Prado….
A ellos, se unen un espectacular cuadro del chileno Roberto Matta y una obra del cubano Wilfredo Lam. Ambos, referentes para Gerardo Chávez, en su juventud. Luego, vemos trabajos del mejicano Rufino Tamayo y el uruguayo Joaquín Torres García, un magnífico cuadro abstracto de María Luisa Pacheco, de Bolivia, presente en la II Bienal de Arte Contemporáneo de Trujillo, de 1985. Vemos una singular tinta del surrealista francés André Masson. Un irónico trabajo en madera ¿un espacio familiar? por Foujita, de la primera mitad del s.XX.
Hay salas “temporales”, para exposiciones que se van a rotar. Muchas de esas obras pertenecen al taller del artista en San Isidro, Lima: nos encontramos ante una barroca escultura de caballo, de la India, así como ante esculturas de Nigeria y una estatua de arte religioso virreinal. En otra sala encontramos esculturas e instalaciones del proyecto “Paiján”, de artistas regionales, con una serie de “instalaciones” y formas escultóricas bastante conceptuales. Varias semejan una crítica a la sociedad de consumo.
Llegamos a la sala “Poéticas de barro”: extraordinarios cuadros de Gerardo Chávez, sobre yute, trabajados con barro y carbón. Siento que el artista ha plasmado la universalidad de la tragedia humana en la tragedia del Perú. Lo siento así en “El otro Ekeko” (1999) y “Hombres de Chan Chan” (2005). Visiones trágicas de una identidad confundida, que se retuerce. Tal siento frente a “La Justicia en su laberinto” (2009) obra monumental de unos 5 mts. de altura. Las imágenes simbólicas se retuercen, confunden, llaman, gritan. Intentan subir, alcanzar la justicia, ¿un desnudo femenino sin rostro? Al lado, un gran ojo, mira irónico- Todo nos dice, tanto de la sociedad peruana como a la humanidad en general. Caben todas las interpretaciones en este actual mundo de crimen y corrupción.
A una esquina, el espacio es cubierto por paneles -ocres, rojos, negro, blanco- donde vemos círculos que parecen rostros. Pintado en 2009, el artista ha llegado a una especie de desnudez emocional: estos rostros son de seres que han perdido personalidad o que carecen de vida real, como lamentaciones ante un futuro incierto.
Más, la obra de mayor trascendencia es el conjunto de seis paneles -cada uno de 2.50 x 2.00 mts.- unidos rectangularmente formando “La Procesión de la Papa” en 12 mts. (2008). Una referencia sería la procesión del Señor de los Milagros. En el mismo sentido, una multitud de seres -también confundidos, solos, desgarrados siguen adelante sin saber por qué. Un grupo carga una papa. cual un ídolo. ¿Se trata de la identidad nacional? ¿La visión trágica de un pueblo que sigue adelante a pesar de todos los pesares? Más no solo se trata de la peruanidad: la universalidad de la obra es evidente. La tragedia humana, que se refugia en una fe desesperada y sola.
Luego, el taller del artista con obras que hemos visto en exposiciones pasadas. El espacio de obras religiosas y una colección de retablos ayacuchanos. La colección arqueológica…Un jardín de esculturas con obras de Marina Nuñez del Prado, Johana Hamann y Silvia Westphalen. El museo parece resguardado por la escultura en bronce “El Guardián”, de Gerardo Chávez. Tengo que regresar ¿Encontraré artistas de la ciudad que se forjaron desde los años 90 y siguen hasta hoy? Entre tanto, Trujillo debe agradecer este regalo de arte.

