Por Gustavo Benites Jara
Escritor y docente universitario
“Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, dijo el sacerdote, y todos respondimos: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Dos veces más repitió el celebrante las mismas palabras e igualmente coreamos.
Un resplandeciente copón concentraba en su dorso de oro las imágenes de los asistentes y de las adornadas paredes. Se veían grotescos rostros recibiendo la hostia y muchos cuellos moviéndose con ridiculez. Las luces peleaban con sus lanzas en toda la nave. A los costados del altar principal colgaban de la pared, junto a las imágenes tristes de los santos, grandes corazones de plata y un sinnúmero de figuras hechas de cualquier manera. Capas bordadas con hilos de oro, coronas de piedras preciosas y vestimentas relucientes cubrían literalmente las tristes imágenes.
El sacerdote seguía repartiendo la hostia a los comulgantes. No podía concentrarme, la gran cantidad de gente amontonada por recibir el Cuerpo de Cristo me desconcertaba. Había de toda clase, pero los primeros asientos estaban ocupados por hombres y mujeres suntuosamente vestidos. A los costados, uno que otro haraposo se persignaba tres veces y con suma timidez se alejaba cuando alguno de los primeros se acercaba a comulgar.
El copón aún mostraba gran cantidad de hostias. Parecía por la parte superior un curioso pan de molde, de dorso escamoso, blanco, tierno. No cabía duda: era un exquisito pan, al que desmenuzaban para repartirlo. Sí, eso era. Si no, ¿por qué tanta gente abría su boca para comérselo? Seguramente sabía bien, pues lo paladeaban con fruición… Sí, sí… era un pan grande y exquisito.
Entre la gente elegante, un niño decidió enfilarse. Sus ojos, empañados como un cristal por el aliento, bailaban de temor; de expresión alocada y sucio todo el cuerpo, avanzaba silenciosamente. Movía las manos con nerviosismo y tenía fuertemente apretados los labios… Oía cada vez más cerca el “Este es el cuerpo de Cristo” … ¿Cuerpo? No, no era un cuerpo. Era pan. Claro que lo era. En todo caso el sacerdote se refería al pan, pero con otro nombre… Sí, ya se acercaba. Nadie miraba al niño: los hombres y las mujeres elegantes sólo abrían la boca y, cerrando ridículamente los ojos, caminaban, empujándose parsimoniosamente. Nunca acabaría esa caravana. Sin embargo, la voz suave y rápida del sacerdote se escuchaba más nítida: “Este es el Cuerpo…” Cuatro hombres, tres, dos, uno…. “¡No!”, grité. Entre la gente, el niño, con un puñado de hostias, trataba de escabullirse. Se las echó a la boca con desesperación. Los hombres y mujeres elegantes recién abrieron los ojos y, golpeándose el pecho. aullaban: “¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio” y luego: “¡Agárrenlo! ¡No lo dejen escapar! ¡Es un vago, un sinvergüenza, un ratero! ¡Seguramente es ateo!” El niño, como ratón en medio de insaciables felinos, exclamó desesperadamente: “¡Tengo hambre, tengo hambre, tengo hambreee…!”
El sacerdote gemía en todas las imágenes de plata.

