¿La ciudad y los perros?: versión digital/ por Alfredo Alegría

POR ALFREDO ALEGRÍA

La sociedad ha sido conmocionada por los terribles sucesos del Liceo Naval Almirante Guise. Hecho que evidencia, una vez más, la anomia social que nos destruye. Una sociedad donde está desapareciendo -¿solo en nuestra nueva generación?- cualquier sentido de empatía. De compartir. De valores. Sin embargo, la responsabilidad de esta tragedia humana no es solo de los jóvenes culpables, sino del centro educativo, de la institución militar y, de hecho, la irresponsabilidad de muchos padres. Uno de ellos escupió a un periodista que cumplía su deber de informar. Ese es el contexto ¿humano? en el que vivimos.

Este caso ha hecho objetiva, de modo terrible, la destrucción -ya sin pausa- del espíritu social en nuestro país, hecho que experimentamos diariamente. Un país, en el que el crimen y la muerte acechan, rondan, atacan y el odio es pan de cada día.

En mi fan page publiqué el texto “El fenómeno del niño”. En él, reclamaba que cualquier medida urgente contra la delincuencia será inútil sin la educación como norte. Como guía, como esencia de formación humana. Es que su tema tenía como pauta el círculo vicioso de la marginalidad y la destrucción neurológica del cerebro en niños, que se evidencia en adolescentes. Si hay niños que, pese al entorno violento. llegan a conservar sus conexiones neurológicas de empatía, estas son borradas debido al afán de los jóvenes por pertenecer a un grupo. Niños y jóvenes aprenden a vivir en función a las distorsiones perversas del valor humano en el manejo de las redes. Todo vale por obtener likes, ser parte de un grupo, sentirse “importantes”, obtener “aura”.

El tema me recuerda a la novela “La ciudad y los perros”, de Mario Vargas Llosa. Un grupo de estudiantes mayores del Colegio Militar Leoncio Prado tenían como “perros” a los de primer año. El Jaguar y su pandilla, acosaban a un pobre joven: “El Esclavo”. En la obra, de 1962, no se llega a los actuales extremos, pero El Jaguar roba el examen de Química. Un joven, llamado “El Poeta”, porque les escribía textos pornográficos, denuncia el hecho. El Jaguar cree que ha sido El Esclavo y lo asesina en una práctica de tiro. El colegio, que sabe la verdad, solo da silencio a los padres. Un “lamentable error” en la práctica de tiro. El teniente Gamboa decide investigar y descubre al culpable. No pasa nada. Gamboa es enviado a Puno.

Vargas Llosa hace decir al Jaguar: “En el colegio, o eres un hombre o te destruyen. El que se deja pisotear una vez se convierte en el perro de todos. Aquí la única ley es ser más fuerte que el resto y no tener compasión.» El autor señala: “Los docentes se limitaban a cumplir el reglamento con indiferencia mecánica. Las brutalidades les importaban poco”. “Habían aprendido que la mejor manera de conservar el empleo y la tranquilidad era ignorar las ofensas, hacer de la vista gorda y fingir una sordera oportuna frente a las risas que estallaban a sus espaldas.»

Recién ayer, en un noticiero, alguien de la Marina dio la cara diciendo que había protocolos y habría cambios. Sin embargo, y ¿las denuncias previas? Además, había varios adultos en el trágico ómnibus; imposible no darse cuenta. ¿Estaban tan acostumbrados por el sistema interno? ¿También por el sistema educacional, que ha hecho desaparecer toda autoridad de los docentes? Unamos a esto, el uso perverso de redes sociales. Los culpables fueron a celebrar su “hazaña”. Quien terminó relatando la historia, fue el joven abusado. También los culpables, pero casi como para sentirse importantes.

No creo que el Liceo Almirante Guise sea un caso aislado. Lo sucedido, visto y escuchado, solo deja en claro que hay hechos que han pasado invisibles o ignorados por autoridades escolares. Antes, el silencio se resguardaba en el uniforme; hoy se festeja en TikTok. Seguimos viviendo en la ciudad de los “perros”, solo que ahora los “cachorros” graban en su celular. Los agresores y testigos lo hicieron y compartieron los hechos dentro del ómnibus escolar. La víctima señaló que, en tanto, “se mataban de risa”. Los agresores pretendieron establecer un código de impunidad idéntico al de la novela de Vargas Llosa: “Lo que ocurre en el bus queda en el bus”.

Hoy, la crueldad se documenta para ser consumida. Hay novelas que acusan estos hechos, como “El todo” de Dave Eggers y “Los reyes de la casa” de la francesa Delphine de Vigan” Eggers advierte sobre el monopolio tecnológico que reduce la vida a métricas de aprobación. De Vigan denuncia la mercantilización de la infancia y adolescencia, a través de la sobreexposición en pantallas. Ambas obras son una clara acusación sobre la forma en que renunciamos al pensamiento libre a cambio de obtener validación digital. El ser humano abdica de su empatía para alimentar al algoritmo.

Si seguimos permitiendo la irresponsabilidad o el miedo de los adultos, así como la ambición por pertenecer de los jóvenes a “grupos de poder”, ninguna medida “radical” logrará nada en realidad. Hoy, no solo tenemos la sensación, sino que vivimos en un país donde el ciudadano de a pie debe sufrir ser el “perro” de una delincuencia, que surge desde una juventud distorsionada y de adultos culpables.

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