Por Yuri Castro
Trujillo es una jungla y, parafraseando al gran Gustavo Cerati, “en sus caras veo el temor y ya no hay fábulas en la ciudad de la furia”. El arrebato de carteras y celulares ya es cosa del pasado en la otrora ciudad de la eterna primera, donde no brota ni una flor y solo se respira polvo. El plomo, la sangre y ahora la pólvora agujerea aún más las calles. La agrieta y crea cráteres insanables.
El pulpo, con todos sus tentáculos, sobre todo la corrupción y la impunidad, ha crecido en dimensiones impensadas y es un gigante que a estas alturas es complicado contenerlo. Lamentablemente, las autoridades, en quienes depositamos nuestras esperanzas, en vez de derrotar a este monstruo, lo han alimentado cada vez más. Quizás a algunos, sobre todo a los que están metidos de narices en alguna clase de mafia, les conviene que este bicho ande suelto y continúe devorando tranquilidades y causando daños irreparables. No han hecho, convenientemente, lo que deberían hacer para contener este fenómeno.
Trujillo ya ha pasado, desde hace rato, de ser una ciudad fallida a una ciudad mafiosa. Acá, fácilmente te puedes pasar la luz roja de un semáforo, poner discotecas que perturben la tranquilidad de los vecinos, echar mano del dinero del erario para favorecer a tus testaferros en la construcción de obras que se caen a pedazos o pistas que se agujerean a los pocos meses. Haces todo eso y no te pasa absolutamente nada. La impunidad no solo es para el delincuente común y corriente, sino también para el de saco y corbata que, al final son lo mismo, con diferentes métodos para delinquir.
Así que no me sorprendió y no debe sorprendernos en lo absoluto que dinamiten el Ministerio Público y que se repita el plato o se supere destruyendo de la misma manera una casa en la avenida Perú y causen terror en todo un vecindario. En Trujillo no hay autoridad y nunca lo hubo. La mafia es la que reina. El lavado de activos está a la vuelta de la esquina, en cualquier negocio. Es un Estado detrás de otro Estado, y todos los sabíamos. Te roban el carro, recurres a una banda; quieres techo propio, allí tienes un lote en una invasión; quieres que te protejan, pegas tu sticker y religiosamente pagas tu cupo mensual; no te hicieron justicia y libraron al que mató a tu hermano o violó a tu hija, un sicario te puede “ayudar” a resolver el asunto.
Un colega periodista optimista aseguró que esto se podía superar como lo hizo Colombia con el narcotráfico. Por todo lo que he visto y he sido testigo, creo que esto se va a empeorar aún más. En el país del café y del gran Gabo, se evitó que Pablo Escobar tome el poder político como él quiso. Se lo expulsó en cuanto se pudo. En nuestro país, tenemos a más de un Pablo Escobar y nada nos asegura que más de uno de ellos alcance un municipio, una gobernación regional, un escaño en el Congreso o la Presidencia de la República en las próximas elecciones. De hecho, que así será. A estas alturas, todos quisiéramos ser un hombre alado, personaje mitológico que narra Cerati en su canción, pero ojalá un próximo dinamitazo no termine por derretirnos las alas engomadas con falsas esperanzas.

