La Máquina de Arcilla ha sido destruida. La legendaria escultura en espacio público realizada por el artista peruano Emilio Rodríguez Larraín para la III Bienal de Arte de Trujillo entre 1987 y 1988 ha sido destrozada con insania.Una obra de arte de primer nivel y referente histórico del land art, que en otras latitudes sería valorada, estudiada y preservada para las futuras generaciones, en el Perú es olvidada, masacrada, convertida en escombros, en letrina pública, mezclada con la basura.¿Sería mucho pedir, señores periodistas, señores jueces y fiscales, que los culpables de este atentado de lesa cultura sean identificados, juzgados y castigados? ¡Sería mucho pedir! Estamos en el Perú.

País de los autogoles de media cancha. País de la eterna crisis sistémica de la cultura, donde con tal de sacar provecho, a nadie le importa nada. Sin duda, alguien saldrá «ganando» con la “liberación” de ese terreno. Pero este es un atentado infame que empezó a consumarse en enero de 2018, cuando, luego de décadas de abandono, uno de los bloques de la escultura original fue destruido con un cargador frontal durante la habilitación de los terrenos aledaños para la visita del Papa Francisco, y como siempre, nadie se hizo responsable.Emilio Rodríguez Larraín, uno de los grandes artistas latinoamericanos del siglo XX, cuya obra se estudia y preserva en colecciones y museos de todo el mundo, fue y sigue siendo un perfecto desconocido para las autoridades peruanas y trujillanas.

El alcalde de Huanchaco, responsable directo (por acción u omisión) de este execrable atentado cultural, pasará a la historia universal de la infamia por haber permitido la destrucción de una obra artística que era patrimonio de todos los peruanos.

Texto y fotografías©Jose Carlos Orrillo Puga