Por Sergio Lennin Bobadilla Centurión
Candidato al Senado Nacional de la República
Partido Político Perú Acción – Nº 27
En la actualidad, si alguien citara de este modo, rápidamente sería etiquetado como “caviar”, “rojo”, “comunista”, “terruco”, entre otros calificativos. Sin embargo, Víctor Raúl Haya de la Torre escribía así. ¿Podríamos llamarlo entonces un “caviar moderno”? Evidentemente, no.
Las etiquetas sociales, académicas o culturales no existen como categorías reales de análisis; solo se utilizan como herramientas de espectáculo político y sensacionalismo mediático. Sirven para ningunear y deslegitimar, nada más. Es similar a cuando en Lima se habla de “provincianos”. No somos provincianos, señores y señoras: somos de Cusco, Chimbote, Chiclayo, Tumbes, Piura, Áncash, Cajamarca, Iquitos, Tacna, Puno, Huancayo, Trujillo. Somos, en palabras del taita José María Arguedas, “el zorro de arriba y el zorro de abajo”; somos del lugar de Los perros hambrientos, como diría Ciro Alegría.

La Lima virreinal fue fundada entre sangre, muerte, fuego, mafias y corrupción, como ha sucedido —con variantes y matices— en gran parte de la historia mundial. Este origen influyó de manera determinante en la creación de la República del Perú. Simón Bolívar y el precursor-prócer José Faustino Sánchez Carrión (Huamachuco, 13 de febrero de 1787 – Lurín, 12 de junio de 1825) decretaron, el 12 de enero de 1824, la pena de muerte para los funcionarios públicos corruptos. Cientos fueron ejecutados por este delito mediante fusilamiento.
De allí proviene, en gran medida, la tirria y el desdén de la Lima centralista hacia Bolívar y Sánchez Carrión. La corrupción y las mafias en los albores de la seudependencia limeña eran el pan de cada día. Lo que no ocurrió en Argentina, Chile, Colombia, Venezuela ni Ecuador, sí ocurrió en el Perú y persiste hasta hoy: la corrupción como el mal estructural del Estado, de la sociedad y del pueblo. La corrupción se hereda y se transmite de generación en generación; está impregnada en el subconsciente social peruano. Los ejemplos son innumerables. El más reciente: el pacto mafioso de partidos políticos de la franja electoral corrupta, por los cuales no debemos votar.
Tenemos más de 200 años de vida republicana, pero nadie ha abordado seriamente los orígenes históricos de la corrupción en el Perú. Ninguna autoridad política, periodista renombrado o institución del Estado —Palacio de Gobierno, Congreso, Tribunal Constitucional o Poder Judicial— ha recordado o debatido el decreto de pena de muerte contra los corruptos. Ese capítulo ha sido deliberadamente olvidado.

Uno de estos pasajes históricos se vincula con Víctor Raúl Haya de la Torre (Trujillo, 22 de febrero de 1895 – Lima, 2 de agosto de 1979), gran ideólogo, luchador social y político doctrinario. A mi juicio, su mayor error estratégico fue trasladar el centro político del APRA a Lima; Trujillo debió ser siempre su núcleo central.
Haya de la Torre se reunía con figuras como Andrés Townsend Ezcurra (Chiclayo, 23 de marzo de 1915 – Lima, 31 de julio de 1994), pilar moral del aprismo, y Luis Alberto Sánchez Sánchez (Lima, 12 de octubre de 1900 – 6 de febrero de 1994), escritor, abogado, historiador y último presidente del Senado antes del autogolpe de Fujimori en 1992. En esos espacios se discutían propuestas teóricas, cultura política y vanguardias revolucionarias.
Entre sus jóvenes discípulos estuvo Francisco Diez-Canseco Tavarà, formado en ese entorno político e intelectual. Más allá de las discrepancias que se puedan tener con estas figuras, es innegable que su nivel de formación política y cultural es hoy inexistente en el Perú.
Lamentablemente, mientras Haya y otros líderes debatían teoría, en la práctica sectores del partido se corrompían, proceso que terminó destruyendo la ética interna del APRA.
Francisco Diez-Canseco fue elegido diputado en 1985 por el Movimiento de Bases Hayistas (MBH), organización que reivindicaba los postulados doctrinarios de Haya de la Torre.
¿Quién fue realmente Haya? ¿Un “caviar moderno”? Para ciertos sectores limeños, quizás así lo calificarían hoy. Pero basta leer El antiimperialismo y el APRA (México, 1928), dedicado a los trabajadores manuales e intelectuales de Indoamérica, para entender la profundidad de su pensamiento.

Como señala Edgar Núñez Román, este libro no solo interpretó la realidad, sino que buscó transformarla, siguiendo el espíritu de Marx: no basta interpretar el mundo, hay que cambiarlo.
Hoy, citar a Marx, Engels o Lenin es suficiente para ser estigmatizado. Ese es el nivel del debate público actual. Por ello, más que discutir si alguien es “caviar” o no, deberíamos concentrarnos en el verdadero problema: la corrupción estructural del país.
Escuché atentamente la reciente entrevista que Marco Sifuentes le realizó a Francisco Diez-Canseco. En medio de etiquetas y ataques, se pierde lo esencial: el futuro de nuestros hijos y nietos y la obligación moral de luchar contra la corrupción.
Francisco Diez-Canseco es, a mi juicio, el único candidato presidencial sin rabo de paja. No aparece en encuestas porque no paga encuestadoras. Desde que lo conocí, compartimos principios claros: lucha anticorrupción y defensa de la democracia.
Mi posición es firme. Fui criado en la calle, cuidando autos y vendiendo libros en Trujillo. Por eso, estaré siempre del lado de los más necesitados. Apoyé a Arturo Fernández Bazán cuando creí en su lucha, y seguiré apoyando toda causa sincera contra la corrupción.
La lucha contra la corrupción no depende del cargo que ocupes, sino de que tu corazón no se quiebre por dinero o poder.
Es la primera vez que postulo a un cargo político. No por ambición, sino porque el país exige quemar el último cartucho contra la corrupción. Ese fue el sueño de Sánchez Carrión y ese es también el mío.
Sin presupuesto ni financiamiento, pero con ideas claras y acciones viables, iniciamos esta lucha. Prefiero morir luchando contra la corrupción antes que vivir sometido a ella.

