La pintura, la Bienal y Gerardo/ artículo de Gustavo Benites Jara

Gustavo Benítes Jara

Escritor y docente universitario

Contemplé fascinado las pinturas de la Primera Bienal de Arte Contemporáneo, fruto de tu empeño, Gerardo. Y te busqué. Me dijeron que eras inabordable, que no concedías entrevistas. No lo creí. Quería, de todos modos, conversar contigo, saber de tus sueños, de tus demonios, de tus afanes, de tu amada: la pintura. Y de la Bienal quise saber: cómo nació, oírlo de ti mismo, conocer su futuro.

Te vi un día trabajando, afanoso antes de la inauguración: el cabello revuelto, la mirada brillante, el gesto apasionado. Te vi tan inquieto, tan concentrado, que no tuve valor para acercarme esa mañana.

En otra oportunidad te encontré en el Hotel de Turistas, de terno claro, impecable, con el cabello cholo peruano, inconfundible, departiendo con artistas y organizadores del festival de ballet. “Hombre de mundo”, dirían las crónicas mundanas. Claro, eso mismo estuve tentado de concluir, pero entonces creí distinguir una disimulada timidez, una cierta incomodidad en tus gestos. Y una vez más perdí la oportunidad de hablar contigo.

Pero, uno o dos días antes de que retornaras a París, te encontré en el Teatro Municipal y, resueltamente, te dije:

—Gerardo, ¿podemos conversar un momento?

Volviste la mirada, comprensivo y sonriente, y respondiste:

—Pero, ¿dónde?

Me desconcerté y te dije, incoherente:

—Cuando tú quieras.

Mira —agregaste, sacándome del apuro—, anda mañana por la Bienal a las seis de la tarde, buscamos un lugar calmado y conversamos.

—Está bien, Gerardo —repuse. Luego te corregí—: ¿Y por qué no vamos a un café a tomar algo y charlamos de una vez?

—Bueno, vamos a un palco. Aún no vienen a ocuparlo —aceptaste, disponiendo qué hacer con tono definitivo.

Y fuimos. Desde allí observamos las luces del teatro, intensas, cegadoras. A la gente, oronda, feliz, bien vestida. Y, sorpresivamente, te pregunté:

—Gerardo, ¿cuál ha sido el sueño, tu sueño, que ha dado nacimiento a la Primera Bienal de Arte Contemporáneo?

Y con simplicidad desconcertante respondiste:

—Poder ofrecer a Trujillo algo de calidad. Ese sueño se está realizando y es verdaderamente todo un éxito.

Desordenado, quise saber si estabas de acuerdo con Vargas Llosa cuando dice que todo escritor tiene sus demonios dentro y, por extensión, te pregunté:

—¿Gerardo, tienes tus demonios?

—Coincido con Vargas Llosa. Eso es lo que yo estoy manifestando en mis personajes, en ese mundo que trato de describir —me ibas respondiendo…

—¿Y tienes utopías? —te atajé, irrespetuoso.

—Todo hombre tiene su bagaje de utopía. No podría explicártelo bien, pero en realidad la utopía nace con el hombre.

—Dime, Gerardo —continué—: esta Bienal ha nacido no solamente de sueños y utopías, sino también de realidades muy concretas. ¿Cómo ha sido posible su realización?

—Bueno —te brillaban ahora los ojos—, esta idea me inquietaba desde hace tiempo. Entre viaje y viaje no podía concretarla. Pero un día, durante una entrevista con la señora María Ofelia Cerro —presidenta del Patronato de la Bienal—, le manifesté mi deseo de organizarla, incluso de fundar un Museo de Arte Contemporáneo. Ella me sugirió: “¿Por qué no hacemos esa Bienal este año?”. Le respondí que no sería posible por mi trabajo en Europa, pero su entusiasmo me contagió. Me dijo: “Hay ballet, hay movimiento en noviembre, ¿por qué no lo hacemos entonces?”. Y aquí estamos, en noviembre, realizando este sueño.

Comenté entonces que era uno de los sueños más hermosos para la cultura trujillana. Y luego te acosé:

—¿Qué es la pintura para ti?

—Es algo así como un sueño —dijiste apasionado—. Es un mundo fantástico donde me pierdo voluntariamente; es mágico. La pintura es una escritura que trato de descifrar para comunicarme con esos elementos, con esas formas que conozco y vivo. Se acentúan con armonía, con color, con dibujo. Creo que estoy tratando de encontrar la respuesta a algo escondido en mí mismo. La pintura es forma, armonía, color, vida…

—¿Y ya te sientes realizado en ella?

—Me siento realizado, digamos, al comienzo. No totalmente, porque es un mundo muy profundo. Sería pretencioso decir que me siento realizado como pintor. Ambas cosas están apenas comenzando para mí.

El timbre desde el escenario anunció que pronto los bailarines saldrían a deleitarnos. Quise apurarme, preguntarte tantas cosas, pero ese cabrón del tiempo nos asediaba inmisericorde. Y te dije, apremiante:

—Claro, es una realización continua. ¿Por qué te fuiste del Perú, Gerardo?

—Como muchos artistas que tratan de superarse, de decir algo nuevo, de encontrar algo que cambie la rutina. Vivimos en un país maravilloso, pero lleno de problemas. Me dije: ¿por qué no tentar en un mundo antiguo como Europa, con todo su bagaje cultural? Siempre me inquietó. Amaba el clasicismo. Era un avance en mi formación. Fui con la mira de aprender, de encontrarme en ese mundo, para algún día traer a mi pueblo lo aprendido. Y creo que recién ahora estamos trayendo eso.

Apurado, te pregunté qué perspectivas había para la próxima Bienal y si sería ampliada a una muestra internacional.

—Por supuesto —respondiste con entusiasmo—. Ese es uno de los objetivos. Queremos un Museo de Arte Contemporáneo, una Bienal internacional. Pero era importantísimo comenzar con lo que existe en nuestro medio, con los artistas que han hecho trayectoria en el país. Este es el primer paso.

Otra vez el timbre. Los espectadores se acomodaban en sus asientos numerados, irreemplazables esa noche.

—Gerardo —te pregunté, resignándome a que nuestra conversación terminara—, a todos los artistas se les exige paciencia y arduo trabajo, pero a los pintores, ¿qué se les exige en especial?

—Seguir pintando, creo yo. Ese es su trabajo, su placer, su goce, su vida. El pintor debe exigirse cada vez más. La creación es importantísima. Es ella la que llama al hombre para sacar otro hombre, un hombre nuevo. Es como saber que tienes que parir un día. Y eso es lo que hemos hecho: acabamos de parir la primera Bienal.

—Un alumbramiento.

—Exacto.

Las luces se apagaron. La música empezó a fluir, deslizándose ágil por todos los rincones del Teatro Municipal. En un instante nos sumergiríamos en la inolvidable danza de Lídice del Río y Pedro Martín Boza. Y, para terminar, te pedí, común y prosaico:

—¿Algunas palabras que quisieras agregar?

—Bueno —dijiste—, simplemente agradecer a mis colegas pintores peruanos que han sabido estar presentes en el llamado que les hice. Están en Trujillo, gozando también de esta Bienal. Luego, al público asistente y, en general, a las autoridades que nos han acogido con un calor que sí esperábamos. Trujillo ha sabido acoger a su gente siempre. Siempre ha sido esa luz.

Te agradecí entonces por tus palabras y te dije: “Gracias, Gerardo”. Y ahora que no estás aquí, te agradezco una vez más.

Te agradecemos todos. Te imagino trabajando en París, en tu atelier, en medio de tu propio orden, tus demonios y utopías, buscando al hombre nuevo, ese código musical de los colores. Te imagino pensando en la Bienal, hija de tu sueño y de tu amor. Has de sonreír, fantasmal, junto a los reflejos pardos del Sena o bajo la sombra del Arco del Triunfo.

Y lo que no te dije esa noche, lo digo ahora: vuelve pronto al Perú. Y contigo, que vuelvan todos los peruanos, porque nuestra patria “es hermosa como una espada en el aire”.

Y, rompiendo mis propios esquemas, me digo: ¿y por qué has de volver pronto? Cada quien cultiva su propia Rosa blanca y el grano que lanza el surco ha de florecer según la abundancia de sus lágrimas. Cada hombre tiene su Viernes Santo y su Domingo de Resurrección a su debido tiempo. Y entonces siento que Vallejo me palmea el hombro y pone su índice sobre mis labios. Y vuelvo mis ojos a las calles de Trujillo, pueblo que tú y yo, Gerardo, amamos. Tú, célebre; yo, simple espectador de la Belleza, Madre de todos los hombres.

About Author

Causa Justa

Destacadas

Artículos Relacionados