Por Gustavo Benites Jara
Analista político y docente universitario
La unidad no se inició en congresos ni en convenciones partidarias. Tampoco se forjó a causa de debates ideológicos, de consignas, de afanes dirigenciales o de programas estratégicos o tácticos. No fue resultado de tratados filosófico políticos, ni de propuestas teóricas, doctrinarias o de medidas económicas. No fue la conclusión de cónclaves secretos, ni de sermones o de anuncios apocalípticos religiosos. No.
La unidad empezó con los de abajo: los olvidados, los excluidos, los marginados, los que no hablan ni escriben bien, los arrieros, los pastores, los comuneros, los jornaleros del campo, los ronderos, los guachimanes, los recicladores, los desempleados, los informales de cada día, los canillitas, los limpia lunas, los cobradores de los micros, los vendedores de baratijas, los jubilados, los trabajadores mineros, las huachitas del ande, los músicos, poetas y actores del pueblo, las empleadas del hogar, los explotados de los supermercados, los hambrientos de los comedores populares y las ollas comunes, los sin casa, los habitantes de las punas y de las jalcas, los pescadores, los artesanos, los que comen una vez al día o no comen, los pobladores del desierto y los que diariamente bajan de los cerros, los cargadores de los mercados, las amas de casa, los awajun, los ashánincas, los shipibos, los quechuas, los aimaras, los uros y otros postergados de nuestra patria.
Ellos entendieron la voz de su corazón, de su ilusión, de sus sueños cien veces frustrados, mil veces traicionados. La pasión de su esperanza pudo más que los conclaves secretos o la elaboración de discursos, planes o programas. Solo entendieron la íntima y profunda palabra que les susurraba que algo nuevo amanecía y que debían responder con su voz negada, su trabajo despreciado y su sonrisa mutilada. Comprendieron que si no se unían en la lucha, en la única posibilidad de triunfo, entonces no habría redención. Y se unieron con la voz secreta de la furia y del amor.
Y así, la marejada unitaria vino desde abajo, indetenible, insobornable, y los partidos y sus dirigentes tuvieron, por única y definitiva vez, que aceptar, humildemente, que la unidad solo era posible escuchando el rumor implacable de los de abajo, los únicos Maestros que la Historia había puesto para enseñar a todos, a las vanguardias, que esa unidad solo se daría dejando de lado el egoísmo, el individualismo, la secta, el partido, el frente, el movimiento, omnipotentes y sabedores de todo.
Y unidos por ese mandamiento, con la esperanza de la tierra prometida de la justicia, de la igualdad y de la libertad, los partidos, los frentes, los movimientos, necesarios, eso sí, empezarán otra vez a construir un vasto programa que colme esa sed de los de abajo, que no se saciará en los años por venir sino se realiza la construcción de una nueva sociedad: humana, equitativa y feliz.

