Parábola de Pedro y los cerdos

Por Gustavo Benites Jara

Docente universitario y analista político

Una tarde, como cada día, luego de ordeñar a sus vacas y arar su pequeña parcela, Pedro llegó a descansar, pero en la puerta de su casa lo esperaban millones de habitantes de las Cuatro Esquinas. Vinieron de todas partes, de la gélida cordillera, de las cálidas arenas, de las umbrosas selvas; arribaron niños, ancianos, jóvenes, mujeres, paralíticos, cojos, enfermos, postrados y ciegos; también pescadores, mineros, artesanos, agricultores, pastores, maestros, empleados e invencibles amas de casa. Era una marejada, una lava ardiendo, un aguacero de fuego, saliendo de los volcanes, de los mares y de los lagos sagrados de la patria.

Y le llevaron en los hombros de su Ilusión los parias, los olvidados, los sin dientes, los que mueren en los sombríos hospitales, los que siempre esperan y nunca son amados. Le llevaron en las alas de los cóndores, en las poderosas fauces de los pumas, en el trino de los jilgueros y en los aullidos del hermano lobo.

Y le pidieron un nuevo amanecer, una estera mágica para sus techos desvencijados, un manto para su frío en invierno y un poco de agua fresca para beber y retozar.

Y Pedro, el maestro, tuvo miedo, porque no esperaba a esa doliente multitud; pero un anciano le dijo que los vientos de la Historia soplan donde y cuando quieren y que los Apus y los Cerros Eternos y la Mama Pacha, lo habían elegido por Humilde y por Valiente. Y le aconsejaron, mientras chacchaban sus hojas de coca, que no tuviera miedo, pues, no te negaremos, le dijeron, no nos esconderemos, porque amamos, como tú, la Vida.

Y le dijeron, desafiantes, que quienes tenían miedo eran ellos, los supay y los aukka y los peyari explotadores. Y por eso, ordenaron matarte, le dijeron, y enviaron a un Cerdo Carroñero para chillarlo, babeante y lleno de odio, y han convocado a las hienas, a los buitres, a los vampiros y a la Cerda Madre, la misma que los alimenta con la sangre de los pobres. Y se preparan, Pedro, para destruirte cuando llegues a la Puerta de la Esperanza.

Pero ese Día estaremos contigo, le dijeron, para defenderte y defender la belleza de una Nueva Tierra que construiremos todos con la furia, con la pasión y con la ternura que son el alimento del Amor y de la Vida.

Y Pedro, obedeciendo al Pueblo, se caló el sombrero, cogió su lápiz de maestro, su chalina de labriego, y salió cabalgando por las praderas de la Utopía a combatir a todos los cerdos y arrojarlos a la Definitiva Sombra.

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