¡VIVA LA MUERTE!

Por Gustavo Benites Jara

Analista político

Erich Fromm, en su excelente libro El Corazón del hombre, sostiene que hay dos tendencias fundamentales en el ser humano: la biofilia y la necrofilia: el amor a la vida y el amor a la muerte. Siguiendo al filósofo alemán, diremos que en nuestro país hay muchos necrófilos, empezando por Alberto Fujimori, autor mediato de execrables asesinatos de estudiantes, pobladores y niños. Otro necrófilo carroñero es Rafael López Aliaga, el tramposo, Fariseo por antonomasia, el que se tortura con cilicios, quien por fin se quitó la máscara con la que pretendía encandilar al pueblo cristiano, confesando que comulgaba y rezaba el rosario todos los días, y que era feliz por ello.

Fromm escribe que cuando Miguel de Unamuno, en 1936, se dirigía, en el claustro de la Universidad de Salamanca, a estudiantes y maestros, en plena revolución republicana y enfrentando la atroz represión franquista, un furioso generalote, Millan Astray, gritó sin poder contenerse: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Unamuno respondió que un inválido de guerra había hablado, pero que no tenía la grandeza de otro mutilado, Miguel de Cervantes, aludiendo a un amante de la muerte y al otro, el Manco, un amante de la vida.

Hoy, aquí, sin vacilación alguna, claramente digo: Rafael López Aliaga, fujimorista confeso, es un mutilado espiritual, un necrófilo terrorista, quien, extasiado, ha pedido la muerte para Pedro Castillo y Vladimir Cerrón. Y no vengan las gallinas mediáticas a cacarear diciendo que leamos el contexto de sus palabras, que solo quiso decir que se debía liquidar a la ideología comunista y a sus líderes que la representan; no, precisamente en el contexto del Perú de hoy se nos habla de un golpe de estado sangriento, sugerido ya por Vargas Llosa y aplaudido hipócritamente por la derecha más cavernaria y cínica que recuerde la historia reciente.

Los que amamos la vida, los Biófilos, debemos denunciar a estos necrófilos terroristas que cada día matan poco a poco a los pobres de nuestra patria. No solo denunciar, sino defender la Vida en todas sus manifestaciones. Por eso, hoy, repito, la tarea ética más alta, humana y cristiana, es defender la Vida y lanzar al mundo entero este hermoso y potente grito de combate: ¡VIVA LA VIDA!

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