Por Rosendo Vía Castillo
Juez
Desde las 9:50 de esta mañana de hoy sábado 19 de junio, año del Señor, no encuentro verbos, sustantivos ni adjetivos en el idioma. Por más que hurgo no hallo la letra, la palabra, la frase exacta que defina esta desolación, que explique racionalmente esta situación.Quizás partieron contigo porque saben bien que no podrán argumentar como tú lo hacías en cada audiencia, respondernos por qué un hombre joven, excelente ser humano, abogado exitoso, con proyectos concretados y por concretar, con una familia hermosa, y toda una vida por delante, ha tenido que partir prematuramente dejando un vacío insondable en los corazones de todos los que te queremos.
Solo queda la mirada perdida en el vacío, tratando de comprender lo incomprensible, de encontrarle sentido a este sinsentido, de anhelar que solo sea un mal sueño, una terrible pesadilla; sin embargo, todos en las redes lo confirman, se lamentan, se entristecen, lloran en silencio. ¡César ha muerto!
Entonces comprendo que la vida no vale nada, cuando la muerte acecha sibilinamente, trajeada de virus o bacterias cobardes, anónimas y por tanto más difíciles de combatir, que van minando los organismos más fuertes y sanos, hasta derrotarlos.
La vida no vale nada cuando dejas una familia en el camino, una esposa amorosa, tres hijos menores a los que será difícil que mamá les haga entender tu ausencia física. Cuando dejas tu amada biblioteca, tus puros apagados, las guitarras solitarias y los pasillos de la Corte vacíos. Cuando te vas antes de asumir el Decanato del Colegio de Abogados por el que tanto luchaste con la vocación de servir con honestidad a los agremiados. Cuando aún tenías para encumbrarte como un gran académico, conferencista, docente y jurisconsulto.
Pero vale la vida para recordarte como el amigo sincero, asertivo, empático y solidario. Para recordarte como el abogado litigante combativo, apasionado, llegando a la sala de audiencias de los juzgados y salas superiores con una sonrisa, muy atento y cortes, pero seguro de ganarle la batalla a los fiscales haciendo gala de tus conocimientos jurídicos, de técnicas de argumentación y litigación oral en cada intervención. Cada caso era una guerra para ti, como lo anunciabas en tus redes; la mayoría de veces las ganabas con humildad, y las pocas que perdías lo asumías con dignidad.
César Rubio Azabache, descansa en paz.

