CONDENABLE EXPULSIÓN DE ESTUDIANTES

Por Gustavo Benites Jara

Escritor y docente universitario

Cuando un docente expulsa a un estudiante del aula, ha fracasado. No muestra autoridad, sino debilidad. La expulsión indica autoritarismo, desmotivación, desprecio hacia el otro, es decir, a un ser humano débil, indefenso, incapaz de explicar el motivo de su comportamiento.

Lo más fácil es la expulsión. Es lo que practican, en su medio, los malos médicos: apenas hay una pequeña infección: cirugía. O los dictadores: si alguien molesta, expulsión del país. Es también, a nivel macrosocial, lo que piensan y practican determinados gobernantes: extirpar a los antisociales, pues de ese modo la parte «enferma» de la sociedad no contagiará a la parte «sana». Entonces se encierra a los locos, se encarcela a los delincuentes, se castiga a los «malos» alumnos, se maltrata a los homosexuales y se persigue a las prostitutas. Este biologismo social que piensa sólo en extirpar las partes «enfermas» del organismo «sano», es una mezquina y superficial concepción del hombre y de la vida.

Y si un centro educativo expulsa al estudiante por indisciplina, cualquiera fuera la cantidad de días, también ha fracasado. ¿Qué hace el estudiante mientras está expulsado? ¿Medita? ¿Regresa a la escuela cambiado o tal vez arrepentido? Vana ilusión de los represores. No es así. El estudiante regresa humillado, temeroso, con un gran resentimiento, peor de lo que fue antes de la expulsión. Y esa humillación la llevará el resto de sus días. Algunos centros educativos manifiestan que en su institución no se permiten vagos, sinvergüenzas, díscolos, agresivos, lisurientos, faltosos y….tantos otros calificativos. En suma, no se permiten «malos alumnos». Pero si a un estudiante lo expulsan definitivamente, ¿a dónde irá? ¿No es la escuela el lugar de formación, de encuentro, de amistad docente-estudiantil, de guía fraternal para aquel o aquella que no encuentra aún el camino que su propia edad le impide hacerlo?

NO HAY BUENOS NI MALOS ALUMNOS. Hay, en cambio, seres humanos complejos, contradictorios, confundidos, indecisos, tímidos, agresivos, aburridos, desmotivados, solitarios, melancólicos. Seres humanos que buscan consuelo, apoyo, que alguien los escuche, los atienda, los acompañe, los comprenda. Si en su hogar no encuentra una respuesta, entonces, la busca, confusamente, en la escuela, su segundo hogar. Y si la escuela lo expulsa, ¿qué hará?, ¿dónde y con quién pasará la noche de su angustia, desconsuelo y humillación? ¡Qué vanos y mezquinos son esos reglamentos disciplinarios de las instituciones educativas que presumen de no tener «malos» alumnos en sus aulas!

El alumno no está, no debe estar, al servicio de una disciplina formal, punitiva, autoritaria, que mata el entusiasmo, la creatividad, la espontaneidad, la alegría, el buen humor, la fina ironía, la sana desobediencia, el pelo largo, el polo multicolor. Al contrario, las normas disciplinarias deben estar al servicio del estudiante, de ese ser humano que ha sido puesto en nuestro camino y que vive en la escuela momentos que no volverán a repetirse, y que más tarde recordará con amor o con una lacerante tristeza o quizá con un odio irremisible e inapelable.

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