Por Eddie Cóndor Chuquiruna
Analista político
Existen países con un frondoso muestrario de instituciones sociales que están transformando positivamente su realidad, aprovechando su marco de autonomía y diálogo colaborativo entre ellas y con el Estado. También hay otros Estados en los que las organizaciones sociales sucumbieron a los encantos de caudillos que usan a su interés las arcas fiscales y sus proyectos políticos personales, perdiendo capacidad de propuesta influencia y proactividad transformadora. Mientras unas promueven y defienden lo que le conviene a sus pueblos, otras cargan una pesada cruz de control y sometimiento a cambio de migajas.
Cuando hablamos de instituciones sociales nos estamos refiriendo a las formas de organización en lo político, cultural, económico, empresarial, educativo, ambiental, etc. De ese modo, entre otros ejemplos, tenemos iglesias, partidos políticos, gremios de trabajadores y empresariales, clubes deportivos, escuelas colegios y universidades, rondas campesinas, asociaciones de padres de familia y otras formas de organización, en un país.
Estas instituciones, también conocidas la mayoría como organizaciones de base, gozan de reconocimiento por su población respectiva; por los mandatos constitutivos y fines que cumplen. Existen formas diversas y muchas de ellas, por su desarrollo y avance, son interlocutoras con los niveles de gobiernos de un Estado (nacional, regional, distrital). Por eso, son formas estructuradas que una sociedad identifica perfectamente y usa para su representación y otros fines e intereses. Juntas, hacen de una sociedad lo que es.
En ese orden es entendible que, aquellos pueblos que no tienen instituciones sociales o -si las tienen- éstas están sometidas a políticos corruptos y con vocación a la perpetuidad, tengan enormes dificultades para desarrollarse y progresar.
No es casual, por ello, que la mayoría de políticos de los últimos tiempos, al que no logran captar y controlar, busquen minimizar, bloquear, sustituir o desaparecer; más aún si se trata de organizaciones que se construyen desde el seno de la sociedad para luchas contra la corrupción. Si nace, crece y se desarrolla, la consideran un peligro para sus planes y a los gestores -en su torcida y metalizada comprensión- buscan descalificarlas con argumentos fantasiosos e inconsistentes.
En este contexto, considerando la crisis en la que se encuentran -sino todas la mayoría de instituciones sociales- es necesario repensar las existentes y formular nuevas propuestas que las superen en su visión y misión. Unas que rompan esquemas y con creatividad irreverencia y liderazgos de sus actores relevantes contagien y rescaten, del pasado, el deseo de volver a soñar y crear haciendo.
Los grandes proyectos e iniciativas, para un pueblo, sólo volverán a ganar terreno, si enfrentamos a la indiferencia, el silencio, el miedo, el egoísmo y cada una de esas taras que anclan, postergan y dañan. Siempre es posible recomponer un tejido social, cuando hay un despertar de su gente.
Hoy es un buen tiempo para sepultar ese pasado de mentiras y sometimientos. Renovarnos y voltear la página, impulsados por ese amor propio que todos y todas tenemos pero sobre todo por el sentimiento de arraigo a nuestra tierra y gente, es posible y nos puede reivindicar con nosotros mismos.
Coincido en esa línea, con mi paisano de San Gregorio Juan Demóstenes Bazán Suarez, que “el progreso y adelanto de los pueblos no vendrá de afuera…vendrá desde lo más profundo de nuestros pueblos…nosotros tenemos que atendernos…nosotros tenemos que impulsarnos”.
Bienvenida a la vida institucional del Perú “Plataforma Ciudadana de Defensa de los Intereses de Unión Agua Blanca”. Te estamos concibiendo de la forma más sencilla porque te queremos sólida y para una larga vida.

