Por Gustavo Faverón Patriau
Por supuesto que la izquierda peruana “no es la izquierda suiza, no es la izquierda sueca, danesa, islandesa, británica“. Pero dicen eso como si la derecha peruana fuera la derecha europea y, guess what? Keiko Fujimori no es Angela Merkel, Hernando de Soto no es Margaret Thatcher, Rafael López Aliaga no es Winston Churchill. Yo soy de izquierda y yo viviría tranquilo con un gobierno peruano de alguien como Merkel; al menos no viviría sobresaltado ni esperando las noticias sobre sus relaciones con narcotraficantes, asesinos, ladrones; no tendría que preocuparme de que la señora quiera sacar de la cárcel a su padre el homicida multiple. No menciono a Merkel por las puras: lo hago para recordar la historia de Alemania, un país que tuvo la derecha más abyectamente criminal (y popular) y asesina en la historia de la humanidad, y que sin embargo hoy puede tener una derecha a miles de años luz, que, con tropiezos y recaídas, habla de derechos humanos y de igualdad y es lugar de llegada para refugiados y está construyendo una nación multicultural.
La derecha peruana, en cambio, tiene décadas soñando con volver a Fujimori como los niños sueñan con volver al seno materno. Hay una cosa muy infantil en eso, como es infantil el cíclico anuncio del fin del mundo y la llegada del chavismo. Yo creo que el núcleo de Verónika Mendoza, Marisa Glave y un grupo de economistas de izquierda y científicos sociales y gente que se prepara para la gestión estatal está comenzando, por necesidad, a construir poco a poco esa izquierda moderna que necesitamos para trepar la montaña que tenemos en frente, pero no va a servir mucho si la derecha sigue en las cavernas: porque siempre es más fácil caer a una caverna que trepar una montaña. Un ejemplo es lo de Castillo: ha sido más fácil convencer a la gente de inclinarse a esa izquierda anticuada que abrazar la nueva; ya cambiará, pero también tiene que cambiar la derecha, porque ahora mismo todas las opciones que ofrece dan vergüenza.

