La serpiente de sangre

Por: Alfredo Alegría Alegría

La masacre de trabajadores mineros cometida en Pataz ha horrorizado al Perú. No es la única. Es algo recurrente. Otras se han venido sucediendo ante la desidia y la corrupción. Es cierto que la mina y los mineros estaban protegidos por la policía y por el ejército. ¿Y entonces? Recordemos que se había dado una ley para favorecer a mineros informales.

Antes, el ejército masacraba a campesinos que luchaban contra gamonales. Luego, en los años 80, lo hacían sectas ideológicas, como Sendero Luminoso y el MRTA, contra comunidades en la sierra y en ciudades. Hoy, trabajadores mineros ilegales masacran a trabajadores mineros formales. El pueblo contra el pueblo. Esto, aparte de la criminalidad urbana, con la que convivimos. Ha retornado la época del terrorismo.

La provincia de Pataz, La Libertad, está separada de la sierra de Huamachuco por el río Marañón. En la “Serpiente de Oro”, se señala: “Ande, selva y río, son cosas duras, señor”. Palabras dichas a un ingeniero limeño que exploraba la zona para encontrar oro. Luego, él muere a causa de una víbora. Más, esta vez no ha sido un ingeniero. Lo trágico es que los culpables del crimen de Pataz se consideran “trabajadores”, aunque son delincuentes y su líder salió del país. ¿Cómo? Aunque eso ya no es novedad.

En “El Mundo es Ancho y Ajeno”, se relata la terrible masacre de Llaucán, en Cajamarca, cometida por el ejército en 1914, contra hombres, mujeres y niños. En 1969, los sinchis realizaron la masacre de Huanta a estudiantes, apoyados por el pueblo: exigían gratuidad de la enseñanza. Es recordada por la famosa canción “Flor de Retama”. La historia del Perú está llena de masacres; sobre todo, las de Sendero Luminoso en los años 80. Hoy, los criminales provienen de sindicatos o grupos económicos informales que luchan entre sí.

El Perú continúa siendo ancho, pero ajeno ¿Qué hubiese dicho Ciro Alegría? Entre tanto, el río Marañón sigue rompiendo la cordillera, fluyendo, bramando, cargando, rodando…Un verso de un cantar, recogido por el gran novelista, dice: “Río Marañón, no tienes perdón”. El idealismo del novelista solo imaginó habitantes que luchan día a día, heroicamente, contra el río. Sin embargo, hoy, el Marañón es un testigo impasible de la muerte. Ya no es “el río de la vida”. Mas bien, podríamos llamarlo “la serpiente de sangre”.

También en “La Serpiente de Oro”, de Ciro Alegría, el Viejo Matías señala: “De tanto guapiar morimos aveces”. ¿A veces? Hoy, la muerte, como crimen, es un hecho cotidiano. Cito un verso de un cantar de la zona, a comienzos de siglo pasado: “Cuántas hambres he pasado en esta playa maldita/ juntando el oro en pepita”. Pero estos mineros no lavaban oro. El crimen fue en un socavón. ¿Los artistas elevarán su voz de protesta?

En su poemario “Hombres de fuego”, el pintor y escritor Luis Alarcón expone la vida, el dolor y la muerte de los mineros de socavón -en Huancavelica-: “¿Volverán los hombres por el mismo camino/ a las arterias/ oscuras?/…/Por unas monedas y su arrogancia oscura”. Los mineros tienen “sus manos/perfumadas con la muerte”. En los socavones “la muerte aguarda/ danza en silencio/ La muerte arrastra con la muerte”… Los trabajadores mineros son “hijos de nubes negras”. Trágica predicción.

¿Y los trabajadores mineros que todavía siguen vivos? ¿Será, como imaginó el gran Jorge Eduardo Eielson, que “como una ciega tropa ellos marchan a la muerte”? Esta es una lucha perversa entre hijos del pueblo, en quienes la ambición es norma de vida. Todo ideal es una burla. Solo impera la búsqueda del provecho criminal. ¡Cuántos buscan ese oro sangriento! Hasta parece que el sistema político y judicial se une a esta trampa sin fin.

Volviendo a Eielson: “estos son los días de un planeta en ruinas con miserables gobiernos y repúblicas en guerra”. También, que “el cielo está poblado de coléricos muertos, como estrellas”. Nuestro Perú se ha tornado en un país donde el crimen contra trabajadores, se ha normalizado. Pero no. No podemos aceptarlo ni tenemos derecho a resignarnos. La esperanza de la patria pervive, aunque esté bañada en sangre.

Pero ¿cómo? Porque “Santo, santo es el amor que levanta al guerrero de su tumba”. Palabras de Eielson, que parecen ilusas. Sin embargo, el verdadero peruano, peruano de verdad, es un guerrero que se levanta sobre la oscuridad; que triunfa sobre la noche; que sigue creyendo en la vida. No tiene tiempo de preguntarse nada. Solo sigue hacia adelante. No está consciente de que, al persistir, mantiene nuestro ideal de patria. Por eso repito estos versos: “y cuando yo muera me uniré en la tierra, contigo Perú”.

About Author

Causa Justa

Destacadas

Artículos Relacionados